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El monólogo mañanero de López Obrador

Las conferencias del presidente son un pretexto para posicionar su agenda política, no un ejercicio de rendición de cuentas: habla únicamente de lo que quiere. Los periodistas, que no hemos sabido cuestionarlo, compartimos el turno de preguntas con personas con una misión: alabar a AMLO

Nadia Sanders/Horizontal

Las conferencias del presidente, Andrés Manuel López Obrador, se han convertido mucho más en un monólogo que en un ejercicio de rendición de cuentas: solo responde lo que él quiere. “De eso no voy a hablar”, “no voy a polemizar”, “no, no, ahorita no quiero hablar de eso”. Lo que ocurre a las siete de la mañana en Palacio Nacional es un pretexto para que él posicione la narrativa con la que quiere exponer sus decisiones de gobierno; la prensa, donde quiera que esté, pocas veces ha tenido éxito en sacarlo de su pista.
Cada mañana el presidente habla alrededor de una hora y media del tema que elige, su agenda política, y casi siempre se convierte en la agenda mediática. Un día se centra en huachicol, al siguiente habla de Pemex, otro se lanza contra los sueldos de ministros de la Corte. Las malas preguntas de los periodistas — “señor, presidente, cuál es su opinión…?”, “¿qué piensa sobre…?”, “¿cómo ve…?”, “¿qué les diría…?”— le da espacio, además, para que responda con vaguedades o para que vaya al espacio sideral, regrese, dé referentes históricos, cite a Benito Juárez, recuerde a Madero, nos hable de su doctrina por diez minutos y regrese con su interlocutor: “¿cuál era la otra pregunta?” En este contexto las famosas mañaneras son una escenografía escrita, dirigida y protagonizada por el presidente.

López Obrador ha mostrado su habilidad para responder lo que quiere y lo que no quiere. Mientras se explaya en un tema, mira fijamente a los que ocupan las sillas de la prensa, los analiza y cuando se trata de dar la palabra, señala con su poderoso índice a quién puede hacerle una pregunta ese día.

En un ejercicio que hicimos mi compañero Carlos Carabaña y yo, publicado esta semana en mexico.com, encontramos que por cada conferencia, López Obrador suele dar la palabra a entre diez y 15 reporteros, quienes hacen alrededor de 25 preguntas por día. Pero aunque le hacen más de 100 preguntas a la semana, hay temas de los que casi nunca habla: Trump, aborto, conflictos de migración, desaparecidos o feminicidios.

De las diez o 15 personas que tienen oportunidad de hacerle una pregunta al presidente, hay varios que son fanfarrones, comparsas o lambiscones que van con la mira puesta en el reparto de contratos por publicidad oficial.

Decirle al presidente que tiene la condición física de un corredor keniano, preguntarle si se mete a la cámara hiperbárica y qué se toma para estar tan bien o cuál es su tipo de sangre dejan muy mal parado al gremio, aunque esas voces no sean de periodistas. Las sillas del Salón Tesorería no han sido ocupadas necesariamente por mis colegas. Se han parado ahí activistas, concesionarios y hasta agentes de ventas que van a ofrecer sus servicios.

Las preguntas de periodistas que cubren la nota del día también limita la posibilidad de tomar mayor perspectiva. La naturaleza de varios medios, como la radio y algunos periódicos es ir con la inmediatez, la reacción, que acaba convirtiendo la profesión en un sistema de mensajería: “dice el gobernador de tal estado que…”, “¿cuál es su mensaje a los ministros que se oponen a…?”

En contraparte, los periodistas que hacen trabajos de más largo aliento no tienen por qué estar a diario en las mañaneras. Su agenda se define en función de su planeación editorial y de los temas de interés de su audiencia y su punto de gravedad no es la agenda del presidente.

Información en:

https://horizontal.mx/el-monologo-mananero-de-lopez-obrador/

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