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Opinión

Me canso ganso que estamos en estanflación

A través de los años los gobiernos de México han demostrado ser expertos en dispararse en el pie y cuando estamos cerca de subir los últimos peldaños del desarrollo, comenzamos a marearnos y vamos en sentido opuesto, y no es casual que el mexicano común asocie la palabra pendejo con la de presidente y… La historia vuelve a repetirse

27 de mayo de 2019/Efraín Klériga/MXpress. – Me canso ganso que México ya está en una crisis estructural y que lejos de disiparse la tormenta, solamente va a empeorar, y además, no contamos con los políticos y los economistas en el gobierno que pueden salvar la nave o sacar al buey de la barranca, ya estamos en modo “sálvense quien pueda”.

Cuando escuchen al ductor de la Cuarta Transformación decir, que las malas cifras son inventos de sus adversarios, por adversarios debemos entender crecimiento del producto interno bruto y estabilidad macroeconómica, y cuando diga que “vamos bien”, agregue el término “jodidos”. Sólo así podrá descifrarlo.

Al final de los años 60 México salió de la lista de países subdesarrollados y se le consideró un país en despegue (Lo que eso signifique) pero primero la sevicia de Gustavo Díaz Ordaz, quien sembró un clima de ingobernabilidad y luego, la decisión de Luis Echeverría de patear el Desarrollo Estabilizador, nos haría terminar en terapia intensiva hacia 1982.

En los años de Echeverría (Figura entrañable para el presidente José López Obrador, perdón, Andrés Manuel López Portillo) los censores del régimen actuaban con energía y hasta con la fuerza pública, contra quién señalara que el Presidente estaba chiflado y tomada decisiones estúpidas y suicidas en materia económica.

Censura o no (Que culminó con el ataque al Excélsior de Julio Scherer) la gente no subía de pendejo a Echeverría, quien por aquellos años sustituyó a “Pepito” como figura central de los chistes el cafeterías, cantina, pulquerías, salones de belleza y reuniones familiares, cuentos en donde “Luisito” era el colmo de la idiotez.

Echeverría, cambió el “Desarrollo Estabilizador”, que tiene una visión liberal, por lo que se llamó “desarrollo compartido”, enfoque pro socialista de los “Países no Alineados”, militarmente débiles y económicamente subdesarrollados, el cual, 43 años después intenta reponer ese accidente político e histórico que responde al nombre de Cuarta Transformación.

La última vez que México provocó desde adentro su propia crisis económica fue en diciembre de 1994, hace casi un cuarto de siglo, cuando a los economistas teóricos, Ernesto Zedillo Ponce de León y su secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, se les ocurrió que era sencillo operar una devaluación “controlada” desde Palacio Nacional,  en una economía donde el dólar tenía años en una banda de deslizamiento diario y que ya mostraba signos de recesión.

Huelga decir que Zedillo venía de ser Secretario de Programación y Presupuesto y Serra Puche de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (Hoy Economía) y ninguno de los dos tenía experiencia en el delicado manejo monetario, así que, su torpeza, provocó una crisis no solamente en México sino en todo el mundo, la cual se conoció como “Efecto Tequila” y, sí, parecía un hecho provocado por borrachos.

En los años siguientes, Zedillo, a quien no por casualidad apodaron Forrest Gump ─porque al final sus tonterías siempre le salían bien─ no solo terminó con un país en crecimiento, una economía con bases sólidas, sino que impulsó los cambios legales e institucionales que dieron lugar a la democracia mexicana, nacida en las elecciones de julio 6 de 1997 y fallecida por suicidio colectivo cuando llegaba a los 21 años, el 1 de julio de 2018.

Apenas 12 años antes la petrolizada economía mexicana que detentaba orgullosa su “Desarrollo Compartido”, con un gobierno tan obeso y una estructura política donde el PRI parecía un Soviet Supremo, entró en la peor crisis económica de nuestra historia, cuando en una decisión consultada al espejo, José López Portillo, decidió pelearse con todos y culpar a todos, y consideró que esa era la forma de salir de un pantano en el que se había metido y del que el país tardaría 10 años en salir y salió, gracias a que se tiró al basurero de la historia a economía estatizante.

Todo comenzó finales de 1981 cuando Francia avisó a México que tendría que bajarles el precio del petróleo, porque ya había caído en el mercado internacional. El Presidente, les dijo que no, que o lo compraban al precio en que estaba o que le hicieran como quisieran… Y le hicieron como quisieron, dejaron de comprar.

López Portillo, un hombre enfermo de vanidad, sumo un error tras otro: Primero escupió hacia Europa, luego,  le pidió la renuncia al director de Pemex, Jorge Días Serrano, autor del bum petrolero mexicano y, para ayudar a que la moneda cayera como “gordita en tobogán”, la deuda externa “se fuera al cielo” y se disparara una estanflación, le confió al economista teórico, Carlos Tello Macías, la estatización de una banca mexicana que por entonces era cien por ciento nacional.

Los años 80 fueron años de grandes cifras: Inflación de tres dígitos, paridad peso dólar galopante, intereses en nivel histórico, una deuda externa que llegó al 130 del producto interno bruto, una aumento del empobrecimiento del salario, del porcentaje de mexicanos en pobreza: Los desposeído a los que López, eso otro López, había jurado sacar de la pobreza.

El gobierno era tan obeso que no había más remedio que hacerle una “panzontomía”. Las paraestatales no sumaban docenas sino literalmente miles, y casi todas operaban con perdidas y la mayor parte eran absolutamente innecesarias.

Empresas indispensables como Ferrocarriles Mexicanos perdían cientos de millones de pesos por año, la telefonía era un gigantesco cuello de botella (Una línea tardaba seis meses en instalarse y costaba en términos reales 50 veces más que actualmente) no había ni un metro de líneas de fibra óptica y el envió de un telefax tardaba un par de minutos por página o más y era raro que llegaran bien.

El Estado operaba empresas acereras obsoletas que al igual que Pemex, o que la educación, estaban dominada por sindicatos donde los trabajadores eran dueños de sus plazas, las cuales podían alquilar y los que las alquilaban, podían subarrendarlas, y la educación y el clima laboral, estaba a merced de los designios sindicales.

El advenimiento del neoliberalismo que tanto llora y maldice López Obrador, sí fue una receta impuesta por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y los bancos acreedores de una deuda externa monstruosa, casi impagable, pero no fue una opción de Miguel de la Madrid, sino la alternativa que tuvo un México al borde de un infarto masivo.

Luego de años en los que el dólar fue de 40 por uno a 2,300 por uno, donde los intereses de una tarjeta de crédito eran de más del 200 por ciento anual, un crédito hipotecario, si lo había, del 160 por ciento, la devastada economía mexicana encontró en la desincorporación y liquidación de miles de paraestatales y en el ingreso al Acuerdo General de Aranceles y Tarifas (GATT) hoy Organización Mundial de Comercio, una lenta salida.

La tónica neoliberal permitió finanzas sanas, el GATT trajo inversiones, y a comienzo de los años 90 se instituyó la primera estructura de un programa social para tratar de recuperar a núcleos de población seriamente empobrecidos: El Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol) al cual Zedillo le aumentó un componente para apoyar la salud y la educación y lo llamó: Progresa, Fox reedito como Oportunidades, y Peña Como Prospera, es decir, por primera vez en la historia, México tuvo continuidad de sexenio a sexenio, la cual ya se perdió.

La apertura comercian con el Tratado de Libre Comercio y una estructura fiscal más sólida desde 1997, permitieron al país un lento o pero positivo crecimiento y una apertura democrática que permitió que charlatanes como Andrés Manuel López Obrador hicieran carrera como plañideras, hasta que el enano convenció al país de la opción del suicidio colectivo.

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